En las cuadras de Palacio se escuchaba un agudo chirrido, algo así como música ratonera penetrante y
estridente. Al fondo de la caballeriza, de pie sobre una caja de frutas vacía y con un corazón de manzana a
medio comer en la mano, un ratoncillo orondo como una bola de billar y de largos bigotes estaba diciendo:
-No puede ser y no puede ser, esta es la cuestión ¿hasta cuando vamos a tener que soportar los ataques
de ese felino malcriado? ¿o debemos tomar ya medidas y, armándonos de valor, plantarle cara? .
-Sabes muy bien que la idea de ponerle un cascabel no sirvió de nada.
-¡Claro! como que te rajaste y no tuviste valor para ponérselo
-¿Y por qué no se lo ponías tú, valiente?
-Porque yo como estoy algo fondón, aunque no gordo, tengo poco fondo y me cazaría enseguida, en
cambio tú que estás ligero y ágil seguramente habrías podido hacerlo, pero tuviste miedo -¡Toma! ¿y
quién no?, pero ahora ya urge ir pensando alguna cosa, porque se está poniendo muy pesado, y si ya nos
fastidiaba bastante en casa de la madrastra, aquí en Palacio se cree el príncipe de las caballerizas y no
para.
-Deberíamos convocar una reunión con nuestros hermanos y estrujarnos todos el coco a ver si
encontramos una solución.
-Ahora mismo les voy a avisar, ¿qué te parece si quedamos junto a la Gran Calabaza?
-Muy bien, yo llevaré un trozo de queso para ir picando algo por si la reunión se alarga.
Más tarde, junto a la Gran Calabaza, se encontraban los cuatro ratones y el orondo estaba dando buena
cuenta de un hermoso trozo de queso
-Bueno, a ver por qué nos habéis hecho venir aquí - dijo uno de los recién llegados - Sincola y yo hemos
tenido que dejar el periódico de hoy a medio roer
-Es cierto lo que dice Bigotes, y así nadie puede asimilar bien lo que pasa por esos mundos de Dios.
El ratón más delgado, en vista de que el otro tenía la boca llena, dijo:
-No creo que tenga que explicaros lo pesado que se ha vuelto Maldito Gato y creemos que ha llegado la
hora de que nos libremos de él o le demos una buena lección
-¡Me lo vas a contar a mi! - dijo Sincola - a él le debo mi nombre
La Gran Calabaza no dijo nada
Bigotes se encaró con el más gordo, que seguía royendo impasible su queso, y dijo:
-En parte la culpa la tienes tú, Albóndiga; ya nos perseguía antes en casa de la madrastra, pero desde
que, siendo caballo, le arreaste un par de coces está de un humor que no hay quien lo aguante
-Pues si volviera a ser caballo - replicó Albóndiga dejando de roer - lo volvería a patear
El ratón más delgado, al que a partir de ahora llamaremos por su nombre, tuvo una brillante idea:
-¡Eso es! ¿por qué no volvemos a ser caballos y le escarmentamos de una vez?
-¡Muy listo Fideo - dijo Albóndiga - a ver si te crees que es tan fácil
-Sólo hay que encontrar al Hada Madrina y pedírselo
-¿Y tú sabes dónde encontrarla?, ¿Cómo iríamos?, ¿Nos haría caso? - dijeron al unísono los otros tres
ratones
-Pues seguro que el caballo o el perro saben dónde está - contestó Fideo - ¿por qué no los invitamos a la
reunión?
-¿Por qué no vas tú a avisar a Hiirrz y a Rastro?, mientras tanto nosotros seguiremos esperando aquí que
yo tengo aún una cosa entre manos que resolver - dijo Albóndiga llevándose el queso a la boca.
Fideo se encaminó a la zona de las caballerizas en donde residía Hiirrz, que en ese momento estaba
saboreando un manojo de alfalfa tierna y que, ensimismado en la masticación, no reparó en la llegada de
su pequeño amigo. Para hacerse notar trepó al pesebre, justo delante de los belfos del caballo con el
riesgo de ser engullido junto con otro haz de alfalfa, suerte que aún seguía masticando el anterior. Al verlo,
Hiirrz agitó indolentemente las crines y, dando un resoplido que casi hace caer a Fideo del pesebre, dijo
-Me alegro de verte, hacía mucho tiempo que no venías a visitarme, ¿qué te trae por aquí?
-Verás; resulta que hemos convocado una reunión junto a la Gran Calabaza y quisiéramos que estuvieras
presente
-Me parece bien, aunque habrá de ser más tarde, porque pensaba salir a dar unos trotes, por el colesterol
¿entiendes?
-Bien pero no tardes mucho, puedes trotar mientras voy a buscar a Rastro
Se despidieron y Fideo siguió en busca del perro que, a buen seguro, estaría haciendo una siesta, como
de costumbre.
Acabó encontrándolo dormido en el pajar sobre un mullido lecho de heno, enroscado mientras hacía unos
pequeños gañidos y se agitaba inquieto.
Fideo le tiró de una oreja hasta que consiguió despertarlo y, una vez despierto le dijo al amigo ratón con un
suspiro de alivio
-Gracias por despertarme, tenía una pesadilla horrible; resulta que Maldito Gato estaba afilándose sus
garras en mi lomo y yo estaba impotente, paralizado, sin poder hacer movimiento alguno, ¡qué horrible!, ¡
gracias!; y a todo esto... ¿qué vienes a hacer aquí?. Si vienes para que busque alguna pista no voy a
poder ayudarte, tengo el olfato fuera de servicio, ¡la sinusitis me está matando!
Dicho esto dio un fuerte estornudo que salpicó todo a su alrededor, suerte que Fideo dio un salto y se
apartó de la línea de tiro.
-No, no hace falta seguir ninguna pista, vengo a avisarte para que te unas a todos en una reunión que
tenemos convocada junto a la Gran Calabaza.
-¿Y no podría ser más tarde?, porque ahora pensaba enroscarme otra vez a ver si puedo reanudar el
sueño y atrapar de una vez a Maldito Gato
-De eso trata la reunión, de hacer algo al respecto, o sea que sacúdete la modorra y acompáñame que ya
deben estar todos allí.
Rastro volvió a estornudar, pero esta vez de nada le sirvió a Fideo saltar y la perdigonada le dio de lleno;
por lo que, antes de marchar, se tuvo que revolcar un rato sobre la paja para secarse
Cuando se encontraron todos junto a la Gran Calabaza se saludaron efusivamente, menos la Gran
Calabaza que no dijo nada.
Albóndiga expuso el orden del día y preguntó a Hiirrz y a Rastro si sabían dónde estaba el Hada Madrina y
si estaban dispuestos a someterse de nuevo al encantamiento.
-Yo no sé dónde está el Hada Madrina - dijo Hiirrz - pero si lo supiera os podría llevar a todos. Por otra
parte si que me hace ilusión volver a ser cochero, que otros me lleven y poder usar el látigo en lugar de
sufrirlo en mi lomo, así como librarme del bocado y los acicates. ¿Tú qué opinas, Rastro?.
-Pues a mi también me gustaría ser de nuevo lacayo, dormir en buena cama, no comer más sobras, ir
subido en el pescante en lugar de perseguir carruajes... si, si que me gustaría, pero si tuviera que buscar
ahora el paradero del Hada Madrina me sería imposible, ¡esta sinusitis!.
La decepción se pintó en todos los rostros, salvo en la Gran Calabaza que siguió tan inexpresiva como
siempre.
-Nuestro gozo en un pozo - se lamentó Albóndiga - yo ya me estaba haciendo ilusiones...
-¡Espera! - le interrumpió Rastro - he dicho que si tuviera que buscarla ahora no podría, pero hace meses
que lo hice y sé dónde vive, me sé muy bien el camino. Tiene su casa junto a la Fuente Cantarina, en el
centro del Bosque Blanco.
La alegría se desbordó en aquél cónclave, tanto que hasta les pareció ver que la Gran Calabaza daba
muestras de regocijo y pensaron que debía hacerle ilusión convertirse en una esplendida carroza, pero
aún así ella no dijo nada.
Pasado el primer momento de algazara planificaron el viaje, la distancia no era mucha pero se suponía
que el terreno podría ser accidentado, cosa que no preocupó demasiado a Hiirrz.
Albóndiga decidió echar provisiones por si la cosa se alargaba más de cuatro horas y se agenció un gran
trozo de queso manchego bien curado.
Quedaron en partir al día siguiente, a la hora en que Hiirrz salía a dar su paseo matutino, tras el desayuno,
cosa que Albóndiga aplaudió entusiásticamente.
Aquella noche todos durmieron, como Rastro, un poco inquietos; especialmente Albóndiga, que ya se
veía coceando a Maldito Gato, y todos se despertaron bien temprano.
Albóndiga desayunó copiosamente, como si tuviera que almacenar calorías para unos días, cosa que
todos encontraron de lo más normal.
Fideo dio dos lametones a un hueso de jamón que rondaba por las caballerizas y que aún no había sido
descubierto por Rastro a causa de su sinusitis.
Bigotes y Sincola devoraron buena parte del Diario de la Mañana, especialmente la sección de Deportes
para almacenar energía.
Hiirrz tomó una buena ración de heno fresco con un gran tazón de cereal
Y Rastro dejó brillante la escudilla llena de sobras del Banquete Real de la noche anterior.
La Gran Calabaza parecía inapetente y no desayunó nada; todos pensaron que pudiera deberse a la
impaciencia por emprender el viaje, pero nunca llegó a admitirlo.
Los ratones terciaron un serón sobre el lomo de Hiirrz, poniendo a un lado la Gran Calabaza y en el lado
contrario se encaramaron ellos; pero el peso estaba desquilibrado, cayendo el serón al suelo con
calabaza y ratones, la pobre calabaza estuvo a punto de partirse la crisma.
Finalmente lastraron con piedras para equilibrar el peso y emprendieron el camino; Rastro en primer lugar
señalizando el camino seguido de Hiirrz, que cargaba con el resto de la expedición.
No habían recorrido mucho trecho cuando ante ellos apareció el borde del bosque que reverberaba al sol
matinal. Tanto los árboles como el matorral eran de un blanco esplendente y no porque carecieran de
clorofila, porque si se miraba muy de cerca se podía apreciar el verde de las hojas, oculto por una capa de
un extraño y sedoso musgo blanco. Daba la impresión de que las nieves perpetuas se hubieran adueñado
de aquél lugar y pensaron que las sendas serían intransitables por la nieve, pero no había nieve y el
arbolado estaba repartido de tal manera que quedaban amplios espacios de paso entre la espesura,
como si los árboles se hubieran plantado ex profeso formando una amplia avenida festoneada de blanco.
Penetraron en el bosque sin más dificultades; Rastro guiaba en dirección al corazón del mismo, mientras
tanto Albóndiga, que ya estaba impaciente y hambriento como de costumbre, comenzó a roer
compulsivamente el queso como si ya llevaran horas de camino.
No habían pasado más de dos horas desde que se internaron en el bosque, cuando se toparon de manos
a boca con la casa del Hada; no es extraño puesto que la casa era también blanca y quedaba mimetizada
entre la vegetación.
Al acercarse escucharon una alegre música que el agua cantarina de la fuente producía con cada gota y
con cada borbotón, y aquél rincón les pareció lo más bello del mundo.
Con grandes precauciones se aproximaron a la casa; no querían importunar al Hada y que ésta, enfadada,
no se aviniera a repetir el hechizo, pero cuando ya estaban cerca de la puerta salió porque había oído los
cascos de Hiirrz sobre la gravilla del sendero.
- ¿Qué os trae por estos lugares?
- Señora - dijo Rastro - disculpe por nuestra intromisión pero hemos venido a pediros un favor
- Y ¿qué es ello?
Albóndiga la puso al corriente de lo que pasaba en las cuadras de Palacio para, acto seguido, rogarle que
les echara de nuevo su hechizo; aquél que permitió a Cenicienta conocer al Príncipe.
- Esto es muy delicado -respondió el Hada- debéis estar muy seguros de lo que queréis; pensad que la
otra vez sólo fueron unas pocas horas y que estos hechizos sin hora de finalización a veces no pueden
deshacerse a voluntad y pudiera ser que acabarais arrepintiéndoos del paso dado.
- No, no, estamos muy seguros de lo que queremos - dijeron todos al unísono, salvo la Gran Calabaza.
El Hada entró a la casa a buscar su varita mágica; no es que hiciera falta pero había que darle toda la
solemnidad requerida a la "mise en place".
- Como sé que acabaréis cambiando de opinión - dijo sonriendo el Hada - y seguro que volveréis aquí a
importunarme con el ruego de que deshaga lo que ahora me pedís tan convencidos, os voy a formular un
encantamiento que se deshará por si mismo tan pronto hayáis aprendido la lección y, absolutamente
todos, lo deseéis.
Agitó la varita y, tras pronunciar unas palabras ininteligibles, gritó bien fuerte
- Sea
Y en ese momento la calabaza se convirtió en una elegante carroza, los ratones en caballos, el caballo en
cochero y el perro en lacayo.
Tras emparejar el cochero el tiro de los cuatro caballos de la mejor manera posible, cosa harto difícil si
tenemos en cuenta que tanto Albóndiga como Fideo se habían convertido en caballos pero conservando
sus peculiaridades físicas, se despidieron del Hada y emprendieron el viaje de regreso y, de paso, una
nueva vida.
En pocos días, Maldito Gato dejó de aparecer por las cuadras por varias y poderosas razones:
a) Los relinchos y coces de los caballos cada vez que aparecía por las caballerizas
b) Los gritos y latigazos del cochero
c) Los juramentos y pedradas del lacayo
d) La carroza no dijo nada pero cuando se acercaba el gato, las ballestas crujían amenazadoras y un día
hasta llegó a pillarle la cola con una rueda.
e) Pero la causa definitiva de su pérdida de interés en visitar aquél lugar fue la ausencia de ratones a
quienes fastidiar.
Los encuentros y reuniones que, con tanta frecuencia, tenían lugar entre todos pasaron a la historia; si
coincidían alguna vez era por motivos de trabajo, sólo se juntaban todos cuando había que hacer algún
viaje y generalmente con extraños de por medio, cosa que impedía la comunicación entre ellos; hasta que,
transcurrido un tiempo - no mucho - volvemos a encontrar reunidos a nuestros amigos junto a la Gran
Calabaza, en esta ocasión Carroza.
-Os he convocado - dijo Hiirrz - porque el Hada tenía razón; más tarde o más temprano nos íbamos a
arrepentir de haberle pedido que hiciera el hechizo, al menos yo ya estoy arrepentido y quisiera saber que
opináis vosotros. Yo, de caballo, vivía muy tranquilo, me cepillaban regularmente, no me faltaba nada en el
pesebre y apenas tenía que hacer algún servicio, ya sea tirando de una carroza o llevando a algún jinete.
Pero es que ahora mis obligaciones como cochero me tienen ocupado todo el santo día: cuando no estoy
conduciendo estoy limpiando, poniendo pienso, arreglando los arreos, sacando brillo a la carroza y ¡
cuidado que no se me quede algún rincón o falte brillo en los dorados!, que el rapapolvo que me cae es
de órdago. Por otra parte no acabo de acostumbrarme a la comida de los humanos y, de vez en cuando,
tengo que pegarle un tiento al pasto fresco o a los cereales y este nuevo estómago mío no acaba de
digerirlos bien. Por eso os comunico mi firme deseo de volver a ser como antes y vivir tranquilo en lugar
de ir de aquí para allá a uña de caballo. Quiero, en definitiva, que otro se ocupe en cuidarme y
alimentarme.
-Dices bien - saltó Rastro - yo también estoy harto de esta vida de perros, sin horas de descanso ni para
una cabezada. Cuando no tengo que ir de pie en el pescante, con lo peligroso que es eso y lo que cansa,
me encomiendan infinidad de encargos, llevar recados, transportar paquetes, ... y si no tengo que hacer
me mandan a ayudar al jardinero a rastillar hojas y ni tan siquiera puedo desahogarme en algún árbol,
porque lo que en un perro se ve normal, en un lacayo resulta escandaloso; total que no tengo un momento
en todo el día para enroscarme y hacer una siesta. ¡Cuando pienso que antes, como mucho, sólo tenía
que hacer de guardián!, es decir pegarle cuatro ladridos a cualquier extraño y si se terciaba tirarle algún
mordisco a las canillas, ¡eso cuando me pillaba despierto!. Además, en cuanto a la comida, a los criados
nos dan unos guisos incomibles, donde la carne brilla por su ausencia; suerte que tengo amigos en las
cocinas y, antes de que se lo echen a los perros, me apartan algún plato de las sobras del último banquete
de Palacio y con eso voy tirando, pero eso es un sinvivir y ya me gustaría volver a mis siestas en el pajar
como antes.
Albóndiga piafó un poco, dio dos patadas en el suelo con un casco y dijo
-Creo que no me equivoco mucho si me erijo en portavoz de mis compañeros, porque todos estamos
hartos de tanto establo; suerte que alguna vez salimos a trotar algo o nos enganchan la carroza y hacemos
algún viaje, pero fuera de eso es una aburrición, todo el día en el pesebre sin tener otra cosa que hacer
que pasar todo el día en un pienso, ¡y que esto lo diga precisamente yo...!, pero donde se ponga un buen
queso que se quite el trébol y donde esté la libertad de corretear por todo y colarse por los más pequeños
agujeros y rincones, que se quite la estrechez del establo que me da claustrofobia.
Cierto es que nos hemos librado de Maldito Gato; pero, bien mirado, también tenía su aliciente saber que
podía aparecer en cualquier momento porque eso nos mantenía activos y alerta.
Por todo eso, y creo no equivocarme, mis compañeros y yo también deseamos volver a ser lo que fuimos.
Dicho esto se volvió a mirar a todos lados, como esperando ver realizado su deseo y roto el
encantamiento, pero seguía siendo un caballo como sus tres compañeros y la carroza seguía siendo
carroza.
-¡Claro!, la carroza aún no ha expresado su deseo y debemos estar todos de acuerdo en que se rompa el
hechizo.
Todos se quedaron mirando a la carroza, como esperando alguna palabra pero, igual que la Gran
Calabaza, no dijo nada que pudiera interpretarse como que se sumaba a sus compañeros.
Cuando todos desesperaban en lograr volver a ser lo que eran se oyó un largo sonido; un leve y agudo
chirrido de las ballestas con lo que la carroza parecía querer decir
-Es extraña la psicología de la especie animal; todos, con el Hombre en la cúspide de la pirámide, os
quejáis de vuestro destino y no sabéis conformaros con lo que realmente sois, que no suele coincidir con
lo que queréis ser. Por eso estáis siempre insatisfechos y nunca seréis felices si no sois capaces de
asumir, incluso con entusiasmo, vuestro propio ser individual y único; y eso lo dice un vegetal cuya misión
no es simplemente vegetar, sino ser, sin más veleidades, sin deseos de trascendencia ni de cambio, sólo
de crecimiento en el ser, tan solo ser, trascendiendo sólo en la inmutabilidad de la existencia.
Todo esto se ha producido sin mi consentimiento expreso y, aunque aparentemente he sido transformada
en carroza y me han llevado de aquí para allá, nunca he dejado de ser la Gran Calabaza, inmóvil pero
consciente, en ese rincón de las cuadras.
¿Por qué creéis que vuestras reuniones y debates se producían indefectiblemente junto a mi?. Algo os
atraía inconscientemente, ¿verdad?; pues si, desde siempre he intentado transmitiros algo de la inmutable
cordura que la tierra depositó en mi a través de mis raíces y que atesoro en el código secreto y eterno que
guardan mis semillas, que algún día volverán a conectarse a la tierra para recibir su legado y crecer en el
ser. He tratado de ayudaros a aprender la lección que, como bien dijo el Hada, acabaríais aprendiendo,
así que por mi no hay obstáculo a ser lo que erais porque yo nunca he dejado de serlo, pese a las
apariencias.
En ese momento y sin luces de colores, ni estrellitas, ni sonidos celestiales, se obró el prodigio y todo
volvió a ser como antes había sido.
Hiirrz se encaminó a su pesebre que le aguardaba con la alfalfa y aquella fue para él la más fresca y
jugosa que nunca había comido en su vida.
Rastro se estiró a un tranquilo rincón y no tardaron en oírse sus leves gañidos y también comenzó a agitar
convulsivamente las patas y la piel del lomo porque, seguramente, en su sueño estaba recuperando el hilo
de los sueños perdidos.
Albóndiga salió como una exhalación en dirección a las cocinas, sin importarle nada el riesgo de toparse
con Maldito Gato, con la idea de encontrar un buen trozo de queso pues se sentía desfallecer y ya lo
echaba de menos.
Fideo se deslizó por un agujerito en la pared de tablones de la cuadra para perderse en las galerías y
madrigueras que durante tantos días no había podido visitar.
Bigotes y Sincola se perdieron jugando al pilla pilla, trepando por las paredes, descolgándose de las vigas
y buscando un suplemento deportivo del Diario para recuperar la agilidad perdida.
En cuanto a la Gran Calabaza, aquella calabaza que permanecía inmóvil en su rincón, aquella Gran
Calabaza que nunca había dicho nada, aquella misma..., pues, finalmente, esta vez..., tampoco dijo nada



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LO QUE DIJO LA CALABAZA
(trascuento)
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