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EL DÍA EN QUE YO MUERA
Belén Villalba
" El día en que yo muera no quiero flores ni sepelio, que nadie llore
por mí".
Era su mejor frase, quizá por el misterioso sinsentido que Él tenía de
la vida.
A decir verdad, todo Él era un misterio; su extremada delgadez permitía
reconocer uno a uno todos los huesos de su cuerpo siempre cubierto con
peculiares ropajes negros propios del siglo anterior. Su pelo, negro
como el azabache y largo como la crin de un caballo al viento.
No obstante, lo que más llamaba la atención eran esos ojos negros tan
profundos y penetrantes con los que analizaba hasta el más mínimo
detalle de todo cuanto observaba; y cómo no, su inexplicable
trascendentalismo. Hablaba como un auténtico orador. Sus palabras
estaban cargadas de un colosal magnetismo nada terrenal, algo que
escapaba a la comprensión humana sin su ayuda.
Para Él la vida era como un tren que parte de una estación, y sigue
vagando por tortuosos caminos hasta llegar a su destino: la muerte, y a
partir de ahí volver a empezar, tomar otro tren y otro; estaba
totalmente convencido de la inmortalidad del alma.
Recuerdo como si fuera ayer mismo una de las últimas noches que pasó con
nosotros.
Estábamos todos reunidos en el legendario "Cortijo de la Basilisa", un
tremendo caserón incomunicado. Qué mejor sitio para tratar temas
escabrosos que una antigua casa deshabitada.
Nos juntábamos allí todos los sábados por la noche para dialogar sobre
el sentido de nuestras vidas, siempre guiados por Él, nuestro maestro.
El lugar elegido, el salón. Este habitáculo estaba inundado de un
tremendo misticismo. El mobiliario, prácticamente inexistente, consistía
en un carcomido y chirriante juego de sillas, y una barra decorada con
extraños dibujos que rozaban lo absurdo. Las paredes, decoradas con
jeroglíficas pinturas carentes de significado, estaban cubiertas de
ancestrales telarañas.
Aún cuando cierro los ojos puedo sentir aquél momento, todos sentados en
los rancios aposentos. Sobre la barra, tres botellas semivacías de Jack
Daniela, la luz de las velas proyectando extrañas sombras por toda la
habitación, como si de pequeños duendes se tratasen, y la excepcional
banda sonora que para nosotros había preparado la naturaleza con el
terrible silbido del viento azotando la mansión. Dedicábamos parte del
tiempo a escuchar sus susurros, intentando captar el mensaje que nos
estaba recitando.
El recién llegado se introdujo en nuestra conversación, quizá olvidó que
sólo hay que hablar cuando las palabras valgan más que el silencio; su
peculiar sentido de la vida no tenía cabida en esa reunión en la que lo
que menos importaba era el materialismo del que tanto alardeaba.
Todos abuchearon sus palabras menos Él; permaneció impasible con la
mirada fija en la luz de las velas; bebió un trago, encendió un
cigarrillo, y sin inmutarse ante las sandeces del recién llegado, como
si de un profeta se tratase, le contestó:
" Nunca se acertará a entender el verdadero sentido de la vida si no
conseguimos entender primero a cuantos nos rodean. Verdaderamente nunca
se llegará a entender por completo, porque nuestra vida es un sueño, y
como tal no tiene principio ni fin, no posee trabas porque es irreal.
Es un juego que no hay que tomarse en serio, porque nunca saldremos, y
cuando lo hagamos…
El día en que yo muera no quiero flores ni sepelio, que nade llore por
mí, porque yo estaré con vosotros esperando a que os reunáis conmigo
para jugar una nueva partida."
Bebió otro trago y siguió fumando. Ninguno habló y ninguno entendió lo
que nos estaba diciendo.
Era un día cualquiera, de no sé qué mes, hace ya más de un año. Esa
mañana una espesa capa de niebla cubría el valle del pueblo sobre el que
volaba una tremenda bandada de cuervos como nunca antes ví; no era
normal. Algo estaba sucediendo, algo que cambiaría mi vida para siempre.
Desayuné y salí camino del trabajo como solía hacer todos los días. Un
extraño e indescriptible sentimiento me sobrecogió, hasta que una de
esas tenebrosas aves se posó sobre mi hombro. Entonces todo cambió,
sentí una extrema paz interior. No dejaba de escuchar una y otra vez la
frase que Él tantas veces repitió: " El día en que yo muera no quiero
flores ni sepelio, que nadie llore por mí".
Guiada por una fuerza sobrenatural comencé a caminar hacia la que fue su
morada, trémula de lo que había sucedido.
La casa, levantada con multiformes piedras de grandes dimensiones
constaba de tan sólo tres departamentos, suficientes para una persona
que nunca recibiría a nadie a quien hospedar. En la cocina mugrienta
colgaban arcaicos cazos de madera que Él mismo talló; había cientos de
ellos, la mayoría carcomidos por el paso del tiempo y la falta de uso.
Un viejo hornillo hacía las veces de cocina y de brasero en los fríos
días de invierno. Separada por una cortina roída por las ratas se
encontraba la habitación, donde había un ancestral catre cubierto con
una no menos ancestral colcha tejida con harapos. El mobiliario estaba
tan desgastado como su cuerpo; únicamente había dos mesitas y un viejo
armario del que no colgaba absolutamente nada. Al llegar a la puerta me
detuve un instante, lo justo para que el animal, que en ningún momento
se había separado de mí, desapareciese por los entresijos de la
vivienda.
Atravesé el umbral y detecté un penetrante olor a azufre que se hacía
más y más fuerte según me acercaba a su habitación. Allí estaba Él,
postrado en el arcaico tarimón con los ojos hundidos, esos ojos que
siempre me atravesaban hasta el pensamiento, ahora me miraban con
tristeza y desesperación.
Caí de rodillas ante Él, suplicando que no me abandonara; tardé
demasiado tiempo en darme cuenta de lo que realmente sentía; no era
únicamente admiración, era amor, un amor infinito que nunca se manifestó
en mí hasta ese momento. Mis ojos se humedecieron, y antes de caer la
primera lágrima empezó a citarme su frase, una y otra vez, una y otra
vez…
Esa pequeña porción de agua salina comenzó a resbalar por mi pálida
mejilla, y justo cuando iba a hacer contacto con el suelo, una luz
cegadora inundó toda la habitación, como si de un impresionante juego de
fuegos artificiales se tratase. Me resultaba prácticamente imposible
vislumbrar lo que estaba sucediendo, hasta que poco a poco la luz se fue
disipando; realmente estaba siendo absorbida por algo que permanecía
oculto al lado de Él.
Entonces surgió, de la nada, el cuervo que antes me había guiado hasta
allí.
En una fracción de segundo, sin apenas darme tiempo a reaccionar, se
lanzó en picado hacia Él y comenzó a devorarle las entrañas. Yo
permanecí inmóvil ante el macabro espectáculo, estaba horrorizada, no
pude gritar, pero sí Él; en una exhalación emitió un agudo y penetrante
quejido que finalizó cuando la bestia, con todo el plumaje teñido de
sangre desapareció llevando su corazón aún palpitante en el mortífero
pico.
Allí estaba yo, en medio de esa terrible escena. La habitación se quedó
en silencio, un silencio sepulcral, bañado de muerte.
Salí corriendo de ese infierno, estuve horas y horas dando vueltas como
una loca.
Era incapaz de asimilar lo sucedido; era imposible, fuese donde fuese
seguía oyendo sus agónicos alaridos.
Cuando recuperé la lucidez, regresé a mi casa; al llegar ví al animal
esperándome en la puerta, no podía dar crédito a mis ojos, era como una
pesadilla que no tenía final. Grité y grité pero nadie me oyó. No
recuerdo el tiempo que duró esa agonía, pero sé que paró cuando pude
mirarle a los ojos, ¡Dios!, era Él.
Sería imposible tratar de describir ese instante, ese sentimiento
estremecedor. Levantó el vuelo y se dirigió hacia mí, pero a pesar de lo
que le había visto hacer antes no tenía miedo, sabía que nada me podía
suceder, Él nunca me haría daño; y así fue, se limitó a volar a mi
alrededor para terminar posándose sobre mi hombro, como antes ya había
hecho.
Volví a mirarle, consciente de que lo que me estaba sucediendo se
escapaba de los límites de la naturaleza; era la innegable afirmación de
que lo que nos había enseñado todas esas noches de tertulia no eran
meras cavilaciones de un paranoico.
Cuando encontraron el cuerpo, nadie pudo dar jamás una explicación
lógica de lo que había sucedido.
Siguiendo las instrucciones que Él tantas veces nos había dado en vida,
le enterramos sin flores ni sepelio; nadie lloró por Él, al menos
exteriormente.
Mientras el enterrador terminaba de colocar el último ladrillo, la
lluvia no cesaba de azotar mi rostro descompuesto por el cansancio, el
sufrimiento y, porqué negarlo, la impresión.
Tratar de buscar una explicación a lo que había sucedido sería difícil,
pero tratar de buscar un sentimiento concreto sería imposible.
Podría ser tristeza, lo era; podría ser dolor, lo era; podría ser
terror, sin duda también lo era.
Lo que allí sucedió ese día es algo que cambió mi vida para siempre,
tanto que en mi corazón nunca dejará de llover, pero aunque sé que
permanecerá a mi lado, será una lluvia de tristeza y dolor, una lluvia
constante e interminable de lágrimas.
Yo era la única que sabía la verdad, su verdad.