Temo Violar el umbral de la puerta y desvelar tus herméticos secretos; pero
creo que por otro lado deseas ser reconocida. ¿En verdad quieres que te cuente lo
que veo? Espero que mis palabras no lastimen tu oculto corazón de piedra.
Silenciosas paredes erguidas a mi alrededor; muros devastados por el paso de
los años. Puertas roídas y carcomidas.
Colosales vigas de madera; algunas más pequeñas tronchadas por el peso del
tejado derrumbado.
Enormes tejas partidas, esparcidas por el suelo, polvoriento y agujereado.
Ventanas descolgadas, con cristales opacos por la mugre acumulada, cuando no
rotos.
Estrechas e irregulares escaleras, muy pronunciadas, nos quieren advertir de
los misterios que encierran los cuartos de abajo. Aquí, entre escombros y polvo
hacinado, herramientas y útiles tirados se apilan, inertes desde hace mucho
tiempo. Cajas de encastrar, para fundir en arena, ahora descansan cual ataúdes de
recuerdos anhelantes de ser abiertos y comenzar de nuevo a ser utilizados por
sabias manos, como antaño sucedió un sinfín de veces.
No muy lejos, los hornos de fundición. Antes, capaces de dar solidez a tan
bellas obras de arte; ahora, desgarrado su interior, únicamente capaces de no
derrumbarse.
En la sección contraria del edificio, un chocante departamento que permanece
alicatado: el laboratorio.
Alberga aún en su interior cientos de productos químicos repartidos entre
bolsas de plástico o papel y singulares recipientes de cristal disfrazados con un
suave manto de polvo.

Inicio la subida por las escaleras de enfrente, y desde el primer peldaño se
respira la sobriedad de las estancias de arriba: la oficina y el despacho de
dirección.
Creo que, si cierro los ojos, en medio de este sepulcral silencio aún puedo
oír el repiqueteo de las máquinas de escribir y las voces del director, nervioso
de saber que no encontrará la manera de sacar a flote su empresa.
Me entristece saber que es así, que ninguno pudo salvar la constante
situación de quiebra que te persiguió desde tus comienzos.
Prosigo mi andadura; pienso que es un buen momento para encaminar mi visita
hacia el lugar que mayor actividad desarrolló.
Cuando entro en la nave principal, un sentimiento apesarado me invade e
inunda de sensaciones mi pensamiento.
Viejas máquinas, colosales en su época; más de doscientos años de historia a
lomos de su oxidada estructura, peculiar e impresionante.
Sería inexcusable no hacer una primera parada ante las titánicas prensas,
únicas; infatigables en su momento, ahora relegadas a esta forzosa inanimación.
Fastuosas, sin duda; hacen que me sienta como Don Quijote ante los molinos.
No están solas en este olvido. No muy lejos, alineados perfectamente, están
los tornos; inertes y silenciosos.
Al final de la renglera está el patriarca de todos ellos. El más singular de
cuantos haya visto en mi vida. Destaca de los demás; traído pieza a pieza a lo
largo de cientos de kilómetros, construido a mano milimétricamente; arrinconado y
polvoriento esperando que alguien se acuerde de lo que significó en su día y
decida ponerlo a punto.
A la izquierda de este prodigio de la mecánica, está la fragua, pequeño
cuarto calcinado por el humo del carbón allí quemado a fuerza de manivela.

Aún retumba entre estas cuatro paredes el ruido de la almaina golpeando el
hierro candente que reposa sobre el yunque.
No quiero finalizar mi intrusión sin fondear el corazón de tu cuerpo, el
motor por el que vibraban todas las máquinas de tu interior: el cuarto de los
modelos. Tantas veces mancillado por despiadados profanadores incapaces de
respetar más de doscientos años de consagración a un pueblo al que diste nombre y
al que alimentaste de trabajo e ilusión.
¿Recuerdas la sirena? Esa sirena, (sólo su recuerdo nos eriza el pelo) con la
que llamabas a los obreros al trabajo, y más tarde los despedías con la ilusión
de volver a recibirlos al día siguiente.
Sabes que esos soplos de tu historia no sucederán más; ni el ruido de las
máquinas, el martinete, las voces de los obreros, los enfados del director, ni
las alegrías ni las penas. Pero no has de sentirte triste, tienes el consuelo de
gozar de miles de vástagos nacidos de tu interior que exornan bellos y famosos
rincones del mundo.
Debo irme; descansa tranquila. Dentro de poco te lavarán la cara, te
maquillarán y perfumarán tu ambiente con el sonido de la sirena para que todos
los que tanto han oído hablar de ti puedan presentarse y admirarte.
Entonces tú me buscarás entre la gente del pueblo y me dedicaras de nuevo la
mejor de tus sonrisas, porque volverás a sentirte orgullosa de ser quien eres. Te
espero.
-Dedicado a las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz-

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EN EL OLVIDO
Belén Villalba