Fin.
Concluyó su relato y comenzó a examinarlo minuciosamente a la busca de
algún error ortográfico que pudiera haber cometido en alguno de los
descuidos que propiciaban sus trances narrativos en los que se abstraía
completamente de todo cuanto le rodeaba, y se sumergía en un mundo en el que
las palabras le alcanzaban sin compasión, hasta que eran trasladadas a la
pantalla de su ordenador portátil en un tecleo continuo y acelerado.
No creía en las musas. Para el no existía mayor inspiración que dejarse
empapar por las palabras que formaban frases por si mismas en el interior de
su cabeza, para acabar componiendo frases que finalmente se transformaban en
historias cuya trama se resolvía sin la premeditación propia de una
elaboración anterior, sorprendiéndose del cariz que tomaban los hechos a
medida que sus dedos pulsaban el teclado y las palabras aparecían como por
arte de magia sobre el fondo blanco del documento de Word.

Tras una hora de exhaustivo análisis descubrió asombrado como en la
totalidad del texto no existía ni un solo error. Cada acento, cada coma,
todo era simplemente perfecto. Ni siquiera una palabra en la que hubiera
olvidado teclear una letra. Nada.

Decidió imprimir el documento y sentarse sobre su viejo sillón a
deleitarse con la nueva obra que su extraña inspiración le había regalado.
La impresora comenzó a escupir folios, y el los iba recogiendo uno a uno
colocándolos en un escrupuloso orden en el que ninguna esquina de los folios
debía sobresalir del resto. Era un ritual que practicaba cada vez que pasaba
a papel alguno de sus relatos, y que con el tiempo se había convertido en
una superstición de la que no podía desprenderse.
Con los folios perfectamente alineados y grapados por su margen superior
izquierdo, se tumbó sobre el sillón y con la novena de Beethoven de fondo
pasó el resto de la tarde leyendo una y otra vez su nueva obra. Cada vez que
concluía su lectura volvía a comenzar, regresando a la primera página donde
un enorme espacio en blanco en la parte superior esperaba impaciente a que
decidiera el título con el que le bautizaría una vez lo tuviese
completamente decidido, y que era otra de sus más añejas costumbres. Jamás
daba título a una obra sin antes haberla leído un par de veces, tras hacerlo
decidía el título, y con su inseparable pluma y una esmerada caligrafía
escribía su elección en el espacio en blanco que dejaba al comienzo del
primer folio a tal efecto.

Una amplia sonrisa iluminó su rostro. Había escrito con anterioridad
historias que a su humilde opinión eran merecedoras de elogios, pero ahora
estaba seguro de haberlo conseguido, por fin había escrito una historia que
a él se le antojaba como el mejor relato que nunca hubiera conseguido
escribir. Ni siquiera en los momentos de mayor inspiración anteriores había
logrado conjugar tan fluidamente los verbos, había logrado determinar cuales
debían ser las palabras exactas para determinar las acciones precisas, un
desarrollo milimétrico sin un solo cabo suelto, y un final deslumbrante que
convertía los finales de sus relatos anteriores en vulgaridades
completamente triviales.

Regresó a la impresora e imprimió tres copias más de su obra, no
deseaba que por algún error informático como los que sufría con frecuencia
dada su inexperiencia su gran obra se perdiera con la salvedad de la única
copia impresa con anterioridad.
Cumpliendo con su ritual a la hora de ordenar los folios, guardó las tres
copias realizadas en tres ubicaciones diferentes de su casa, a fin de que si
algún día no lograba recordar alguno de los lugares donde guardaba uno de
ellos, si que pudiera recordar donde se encontraban los demás.
Se tiró de nuevo sobre el sillón y leyó una vez el reciente relato sintiendo
como a cada palabra que sus pupilas analizaban su excitación era mayor. Se
estaba enamorando de sus palabras, de las frases que ellas formaban, de la
historia que finalmente se detallaba.

Quería acostarse con esas palabras, hacerle el amor a todas y cada una
de las sílabas que se unían de forma graciosa y atractiva sobre el temido
folio en blanco. Sus suspiros se fueron tornando en jadeos a medida que sus
dedos acariciaban las esquinas de los folios, o se deslizaban sobre la tinta
impresa con la misma delicadeza que si lo hicieran sobre los sonrosados
pezones del pecho de la mujer que más hubiera deseado durante toda su vida.
Creía que quería hacerle el amor a esa historia pero descubrió que en
realidad no se trataba de eso, no es que quisiera, necesitaba follarse ese
relato. Sentir sobre su excitada piel el contacto del papel y como la tinta
se levantaba a merced del sudor y empapaba su piel tiñéndola de negro, para
después introducirse dentro de él a través de los poros de su piel, y
entonces aquel maravilloso relato, el mejor que jamás hubiera escrito,
formaría parte de su interior.

El ruido de la ciudad atravesó la ventana abierta de su salón y
comprendió que ahí fuera existía un mundo que aun no era consciente de la
creación de esa obra, y que se arrodillaría ante él cuando dejara que sus
ojos contemplaran las mejores líneas nunca escritas.
Pero entonces una sensación que nunca había experimentado le invadió.
Siempre creyó que el mayor deseo de un escritor es ser leído por la mayor
cantidad de lectores posibles. Que sus obras se tradujeran a miles de
idiomas que permitieran su comprensión más allá de cualquier frontera que el
hombre hubiera levantado para impedir un paso que solo la cultura podía
derribar. Pero ahora no estaba seguro de querer que eso fuera así.
Acababa de concluir la escritura del mejor relato jamás escrito en la
historia de la humanidad y creyó que era demasiado bello, demasiado
perfecto, con demasiado talento encerrado entre sus líneas como para que
cualquier estúpido ávido de lectura pudiera apoderarse de su contenido por
el simple hecho de pasear su mirada sobre aquellos folios que casi se le
antojaban celestiales, divinos, oníricos, como si todo lo que en ellos se
relataba no hubiera podido ser creado por unas manos y un cerebro de este
mundo.

Determinó que su obra maestra nunca sería contemplada por otros ojos
que no fueran los suyos, no quería que mentes menores pasearan su mirada por
aquellas páginas sin ser capaces de comprender todo el arte que encerraban,
y llegaran al final del relato creyendo que simplemente acababan de leer una
historia como tantas otras.
Entonces un gran temor le atrapó. Tal vez alguien pudiera colarse en su
ordenador a través de la red y robar su obra. Se oían casos a millones todos
los días, se vivía en la era de la globalización, y un niñato del otro
extremo del planeta podía introducirse en la memoria de su portátil
saltándose cuantas contraseñas se encontrara a su paso con una facilidad
asombrosa.
Salió corriendo del salón tropezando con la mesita donde descansaba una de
las copias, y se colocó delante de su ordenador donde en cuestión de
segundos borró el relato impidiendo así que nadie lo extrajera sin su
aprobación. Aprobación que ya había decidido nunca otorgaría a nadie.

Pero eso no era todo, aun quedaban cuatro copias impresas en papel. La
inicial, y las tres restantes que había escondido por su casa y que podían
ser presa de algún ladrón que decidiera entrar a robar en su casa, y tras
observar que carecía de objetos de valor, se llevara alguna de las copias a
fin de tener algo de botín y no caer en la frustración de un golpe fallido.
Que peor suerte para la mayor obra de la humanidad que acabar en manos de un
delincuente común sin más beneficio que el de asolar vivienda tras vivienda,
y que posiblemente nunca hubiera pasado de leer algún cómic en su niñez, o
prensa deportiva en su edad adulta. Finalmente su relato caería en el olvido
en el cajón más remoto y descuidado del hogar del ladrón, o sería pasto del
contenedor de papel reciclado cuando se cansara de albergar en su casa unos
folios para los que ni siquiera había tenido tiempo de leer, privándose de
la lectura que con la mentalización adecuada podía cambiar su vida.
Uno a uno fue destruyendo todas las copias que anteriormente distribuía por
los diferentes habitáculos de su austero hogar. Los redujo a ínfimos trozos
de papel, y luego los tiró en diferentes lugares. Algunos de ellos los
arrojó sobre la papelera que reservaba al papel y que luego destinaba a la
recogida ecológica, otros los desechó junto a la basura orgánica, y el resto
los arrojó al retrete para ver como eran alimento de las cañerías cuando
accionó la bomba del baño consciente de su triunfo.
Así dispersos, aunque alguien consiguiera aunar algunos de los trozos le
sería del todo imposible unir las piezas que conformaran de nuevo su
historia, su mejor relato, la mayor obra maestra de la historia de la
humanidad, estaba seguro de que así era.

Regresó al salón y cogió entre sus sudorosas manos la última y única
copia que aun quedaba. La última muestra de que alguna vez esa historia
había sido escrita, y contemplando el espacio en blanco que reservaba para
el título decidió que por primera vez desde que comenzó a escribir, dejaría
sin titular uno de sus relatos.
Algo sin nombre es como si no existiera, y eso era lo que deseaba. Que un
mundo estúpido no lograra ensuciar su arte con sus ojos estúpidos, con sus
manos estúpidas, que no babearan estúpidamente mientras lo leían.
Pero aun quedaba esa última copia, y era consciente de que no podría
protegerla infinitamente. Cualquier mínimo descuido podía hacer que acabara
en unas manos indeseables, o el día en que él falleciera esos hijos que ya
nunca llamaban ni tuvieron tiempo así como paciencia para deleitarse con una
de sus anteriores creaciones, lucharían entre ellos a brazo partido por
hacerse con ese reducido número de folios que podía cambiar la forma de
entender el arte en el mundo.

Tres días sin dormir ni un solo minuto fueron suficientes para que como
si fuera un autómata grabara en su mente el relato por completo. Cada
párrafo, cada palabra, donde estaba situado cada punto y cada coma. Lo
recordaba como si hubiera impreso una copia más y la hubiese grapado sobre
su cerebro.
Ya estaba preparado para la destrucción final, y en trozos pequeños y
perfectamente recortados, engulló uno a uno los folios que formaban su
relato dejando que su paladear saboreara la amarga tinta con la satisfacción
de alimentarse de cultura, única ambición que había anhelado durante toda su
existencia.

Ahora todo había acabado. El era el mejor escritor del mundo, pues
había escrito el mejor relato jamás creado, y era solo suyo. Nunca vería la
luz para que otros muchos intentaran adueñarse de sus enseñanzas, o basaran
en él futuras obras de dudosa calidad lingüística.
Pero la humanidad es cruel e instintiva como animales salvajes, y
seguramente alguna de esas bestias que rondaban en las calles bajo
apariencia humana pudieran leer en su mirada lo que su cerebro albergaba
como el mayor tesoro que cualquier cerebro pudiese esconder. Y su última
decisión fue que en lo que le quedaba de vida, fuera mucha o poca no
volvería a enfrentar su mirada con la de nadie, y desde ese preciso instante
nunca volvió a salir de las cuatro paredes que delimitaban su vivienda, su
fortaleza. Su tumba.

Pasado un mes desde la creación del mejor relato jamás escrito, su
creador fue encontrado muerto sentado sobre su viejo sillón después de que
los vecinos alertaran a las autoridades del desproporcionado hedor que se
desprendía de su interior.
Fue enterrado en el mayor de los olvidos sin más presencia que la del
sacerdote que se encargó del oficio, y los empleados municipales que se
ocuparon de colocar la losa sobre el féretro.
En la lápida no había fecha de nacimiento ni de defunción, tampoco
fotos que eternizaran su rostro, ni tan siquiera un nombre o apellidos que
identificaran a quien descansaba eternamente bajo aquella pesada losa.
Sobre el sencillo granito que formaba su lápida tan solo se leía una leyenda
que resumía su existencia.

Enfermó de vanidad,
y murió de egoísmo.
Pudo ser cualquier cosa,
pero decidió consumirse en la nada.






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Ernesto Tubía Landeras