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Desde que se descubrió el viaje transtemporal y se
popularizó; los viajes al pasado por parte de estudiosos y Universalidades proliferaron.
La falta de profesionalidad y responsabilidad de algunos
viajeros dieron lugar a imperdonables descuidos, olvidando en épocas muy remotas muchos objetos. La mayoría de ellos el tiempo y la erosión se encargaron de hacerlos desaparecer y no quedó ni rastro, pero otros permanecieron, si no intactos, en bastante buen estado, produciendo el consiguiente revuelo al hallarse en épocas a las que no correspondían.
De estos objetos fuera de tiempo destacan: El martillo de
Kingroode, el planeador de Saqqara y las esferas metálicas de Klerksdorp.
Cierto es que, tras estos descuidos y otras traumáticas
experiencias en que se constataron las adversas consecuencias en el futuro de una interacción incontrolada con el pasado, se adoptaron medidas tendentes a evitar las paradojas temporales y se prohibió tajantemente el contacto.
Sin embargo mucha gente afirmó haber sido contactada, y los
numerosos avistamientos en la segunda mitad del S XX, dieron lugar a la aparición de muchos iluminados, así como la eclosión de miles de sociedades ufológicas; que perseguían toda noticia, testimonio o imagen de lo que ellos consideraban naves extraterrestres, también llamados OVNIS, UFOS o platillos volantes.
Frente a los ufólogos; aparecieron los escépticos, que
negaban la veracidad de toda prueba, testimonio o imagen de avistamientos, alegando que: dadas las distancias a cualquier otro planeta hipotéticamente habitado y, necesariamente, con un nivel tecnológico adecuado, eso era estadísticamente imposible y menos en las cantidades que los ufólogos aducían.
En vista de las repercusiones y, temiendo el efecto que
aquello pudiera suponer sobre el futuro, se limitó el número de viajes a lo estrictamente necesario; como máximo de diez al año por década de destino, de modo que el número de avistamientos pasó a ser prácticamente nulo. No obstante los grupos enfrentados en la interpretación extraterrestre o no, siguieron por más tiempo a la greña, sin saber que ambos grupos tenían parte de razón.
Los avistamientos eran reales, y la imposibilidad de su
procedencia extraterrestre también, puesto que los objetos procedían de nuestro propio planeta, sólo que del futuro.
Una de las expediciones a un pasado lejano, aún más lejano
que a la época que acabamos de comentar, transcurrió tal como se cuenta a continuación.
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Antes de que las leyes limitativas de los contactos fueran
tan estrictas, el Profesor Meredith Lindbergh, Docto en Cronística Avanzada por la Universalidad de Noratlántico, quiso encontrar las raíces de su ilustre antecesor, el famosísimo pionero de la aviación de principios del Siglo XX, y decidió retroceder a finales de la década de los años treinta en que Charles había vivido temporalmente en Inglaterra, para trasladarse después a Suecia de donde procedían. Para ello tenía que retroceder hasta finales del Siglo VI, siguiendo el hilo del apellido más allá de lo que ya recogían los antiguos registros.
Para retroceder al siglo VI debía extremar las precauciones y
documentarse lo más posible, para lo que preparó un visócrono camuflado en una bola de cristal, como las que se suponía usaban los adivinos en aquella época. En ella se podría ver toda la información de las bases de datos de su Universalidad y también, complementada con una microcámara en una mosca robótica, todo aquello que sucediera a su alrededor e incluso a largas distancias.
Aparte de su estuche de supervivencia y reanimación, con el
que podía hacer frente a cualquier enfermedad o herida, llevaba también un reblandador camuflado en un anillo, que era capaz de ablandar las rocas más duras y paredes hasta el punto de poder atravesarlas.
Finalmente, como medida última de seguridad, acoplado a un
sencillo cayado, llevaba un potente neolaser-polivalente que podía actuar como un generador de efectos pirotécnicos de luces inocuas, o convertirse en el rayo más potente y mortífero que se pudiera pensar.
Había hecho copiar fielmente, de un museo de Göteborg, unas
vestiduras que podrían pasar desapercibidas en aquella época tan remota, así como también un traje, gabán y bombín puesto que pensaba hacer una breve escala en Londres.
Antes de partir tomó una nanocápsula de Traslator Cómplex que
permitía, en forma bidireccional, traducir cualquier idioma de cualquier época, incluyendo los códigos no verbales de toda la Fauna posible, aunque en su época el número de especies animales supervivientes era escaso.
Ya en su laboratorio, tras vestirse apropiadamente para su
primera etapa, subió a su nave; era un monoplaza discoidal de última tecnología porque, ya que el viaje era de riesgo, quería asegurarse la fiabilidad del vehículo.
Primero fijó las coordenadas de Londres y el año 1938; quería
hacer ese primer salto más corto como prueba y, de paso, dar un paseo por el Londres que había conocido su antepasado, todo eso antes de saltar definitivamente a Suecia para hacer la investigación propiamente dicha.
Terminado el ciclo del salto, descendió de la nave que quedó
oculta con un campo de difracción y se dispuso a dar un paseo por la ciudad que, desde el parque en donde se encontraba, no estaba muy lejos, la Torre se veía a cuatro manzanas.
Durante el paseo estuvo intranquilo, temía encontrarse con
Charles o hacer algo que provocara una paradoja temporal que le influyera negativamente en el futuro, o sea que no habló con nadie y ni tan siquiera se acercó a nadie.
Regresó a su vehículo y, una vez dentro, respiró con alivio.
Situó las coordenadas de Ystad en la Provincia de Escania (Suecia) y en el cronograma el año 570, activó el inicio y a los pocos segundos sonó la indicación de proceso finalizado.
El desplazamiento espacio-temporal parecía que había
trascurrido sin incidentes, así que vistió las ropas que llevaba preparadas, tomó su cayado, cargó en un zurrón de piel de conejo la bola de cristal y el estuche de supervivencia y descendió de la nave.
El paisaje había cambiado; en lugar del parque londinense se
encontraba en el borde de un bosque, junto a un camino y campos de cultivo.
Salió del bosque al camino carretero que estaba bordeado de
verdes prados. Por el camino circulaba un carro y varios jinetes en ambas direcciones, y junto al camino, en uno de los prados, segando pasto con una enorme guadaña estaba un campesino y Mer le preguntó.
-Buenos días, campesino, ¿ sería tan amable de indicarme si
queda muy lejos la ciudad?
- Buenos, señor forastero, sólo unas pocas millas
- ¿En qué dirección?
- Siga usted esa carreta que acaba de pasar, va hacia allá
Y Mer se puso en camino en pos de la carreta, esperando que
aquellas pocas millas que le habían dicho, fueran efectivamente pocas.
Más adelante llegó a una bifurcación del camino y no supo en
qué dirección seguir.
A un jinete que pasaba por allí le preguntó
- Por favor, caballero, ¿ sería tan amable de decirme a dónde
conducen estos caminos?
- Con mucho gusto, señor; por el de la izquierda llegará a la
colina sagrada de Tor y el de la derecha conduce a Camelot.
Aquellas palabras fueron como un mazazo para Mer.
- He fallado la traslación espacial!, si que he saltado de
Londres pero a muy corta distancia, ¡pero si las coordenadas las había fijado correctamente, debía de estar en Ystad! Y ahora me encuentro en la tierra de las Leyendas Artúricas y justo en el origen de las mismas.
No había podido detectar el error por el idioma del
campesino, puesto que para él cualquier lenguaje, gracias al efecto del Traslator, es transparente en ambos sentidos; él lo percibía todo en Universal, del mismo modo que todo lo que él hablaba en Universal al oyente le sonaba en su propia lengua.
Regresó apresuradamente a la nave para reintentar el
desplazamiento a Suecia; sólo se requería el salto espacial ya que la época si era correcta, si eso no era posible tendría que regresar a su laboratorio para mandar reparar el vehículo.
Introdujo nuevamente las coordenadas en el sistema, inició el
proceso y cuando recibió la señal de ciclo terminado se asomó al exterior, pero se encontraba en el mismo bosque, con el mismo camino y el mismo campesino segando pasto, el salto espacial estaba definitivamente averiado y sólo quedaba regresar a su época y, si no era posible a su laboratorio, siempre podría hacerse llevar el vehículo desde allí.
Puso en reinicio los sensores de tiempo, y arrancó la
secuencia regresiva que le devolvería, por lo menos, al momento del inicio de su viaje, esperó a la señal y se asomó, esperando encontrarse, si no en su laboratorio de la Universalidad, por lo menos en el día mismo de su partida, pero volvió a ver los mismos árboles, los mismos campos y un campesino segando. Con la esperanza de que no fuera el mismo campesino esperó un rato a ver si pasaba por la carretera algún vehículo o, surcando las nubes, una aeronave, pero sólo vio una carreta, y otra y dos jinetes, y otra carreta...
No tenía solución, era un náufrago en la marea del tiempo,
sin esperanzas de rescate y debía sobrevivir en aquél mundo primitivo.
Resignado a su destino, puso en marcha el visócrono y se pasó
días asimilando todos los conocimientos de la época, tanto datos históricos contrastados, como las leyendas Artúricas por más descabelladas que fueran.
Sabía perfectamente que su paso por aquella época ya había
sido fijado por la historia y que él debía pasar a ser algún personaje totalmente anodino en el devenir de los acontecimientos, o bien un personaje cualquiera de la leyenda; lo que de ningún modo podía hacer era asumir la personalidad de alguien preexistente, debía encontrar su lugar en aquella sociedad, un personaje que formara parte de la historia o la leyenda pero del que no se tuvieran antecedentes antes de su llegada, un personaje que hubiera aparecido de la nada, sin referencia alguna a su infancia, juventud, familia, amigos, ... Debía reunir ciertos requisitos que ya estaban escritos y habían dejado su señal a través de los siglos.
Se enfrascó en un análisis exhaustivo de todos los
personajes, tanto históricos como de ficción y, finalmente, encontró uno que daba el perfil, que cumplía los requisitos y si no asumía él el papel todo aquello que se había dicho de ese personaje dejaría de cumplirse y daría lugar a una paradoja, puesto que su historia ya estaba escrita antes aún de decidir asumirla.
¿Quién si no podría ser aquél personaje misterioso, sin
historia, que hacía cosas consideradas en aquél tiempo prodigios, que posibilitó la extracción de una espada clavada en una roca, que hablaba con los animales y que, curiosamente, era conocido por un nombre que derivaba de su propio nombre y apellido?
Tomó su cayado y su zurrón y emprendió pesadamente el camino
hasta llegar a la bifurcación, en donde siguió por el de la derecha y se perdió a lo lejos.
No se sabe más que lo que cuentan las leyendas, pero, si
algún día Meredith Lindbergh lograse regresar a su laboratorio de la Universalidad, seguro que nos podría contar muchas cosas de aquella época oscura y romántica. |
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REGRESO SIN RETORNO
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Emiliano Pérez
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