Érase una vez una mujer muy pobre que dio a luz a un niño, y nació de pie por lo que le dijeron que
siempre tendría suerte y que se casaría con la hija del rey.
Al poco tiempo el rey llegó al pueblo de incógnito por lo que nadie supo que era el rey; se enteró
del nacimiento y de la profecía, cosa que le molestó mucho y pensó cómo deshacerse del niño.
Se ofreció a los padres a cuidar de él y darle una educación y los padres se negaron, pero les
ofreció oro y acabaron aceptando por el bien de los demás hermanos y, además, a aquel niño
afortunado no podría pasarle nada malo.
Le entregaron el niño y el rey lo puso dentro de una caja, y al llegar al río lo dejó a merced de la
corriente; pero la caja siguió flotando por el curso del río hasta llegar a un molino, quedando
atascado en la esclusa de la presa.
El molinero que vio la caja la alcanzó con un palo y la llevó a la orilla y al abrirla descubrió al niño
sano y salvo. Como los molineros no tenían hijos se alegraron mucho con el hallazgo y lo cuidaron
y lo criaron hasta que fue mayor.
Un día, cuando el rey iba de caza le sorprendió una tormenta y se refugió en el molino; al ver al
muchacho les preguntó a los molineros que si era suyo y éstos le explicaron cómo y cuando lo
habían rescatado del río.
El rey se dio cuenta de que el muchacho era el niño afortunado que había arrojado al río y dijo:
-¿Podría el muchacho llevar una carta a palacio? Le pagaré dos monedas de oro.
-Si lo ordena el rey, así se hará -
dijo el molinero y ordenó al muchacho que se preparara para partir.
El rey escribió la carta a la reina, y decía:
"En cuanto llegue alguien con esta carta, ha de ser muerto y enterrado sin pérdida de tiempo".
El muchacho salió con la carta, pero se equivocó de camino y ya de noche fue a dar al corazón de
un enorme bosque. En la negrura del bosque creyó percibir un punto de luz y caminó hacia el lugar
en que brillaba, encontrándose con una cabaña. Dentro encontró a una anciana junto al fuego que
se asustó mucho y dijo:
-¡Márchate de aquí! Esta es la guarida de unos ladrones y cuando vuelvan te matarán.
-No tengo miedo, sólo tengo tanto sueño que no me aguanto ya de pie.
Y echándose sobre un tarimón junto a la chimenea, se durmió.
Poco después llegaron los ladrones y preguntaron quién era el muchacho que allí dormía.
-¡Pobre! Es un muchacho que se ha perdido por el bosque y tiene que entregar una carta a la
reina.
Los ladrones abrieron la carta y supieron que el muchacho iba a ser asesinado en cuanto llegara;
entonces el jefe, rompiendo la carta del rey, escribió otra en su lugar, diciendo que,
inmediatamente después de la llegada del joven debía ser casado con la hija del rey.
Lo dejaron tranquilo durmiendo hasta la mañana siguiente y cuando despertó le entregaron la carta
y le indicaron el camino que debía seguir.
Después de recibir la carta y de leerla, la reina hizo como se le ordenaba: mandó organizar una
gran boda y casó a la princesa con el afortunado muchacho.
Tiempo después el rey volvió a palacio y se enteró de que la profecía se había cumplido.
-¿Cómo es esto? -preguntó-. En mi carta ordenaba todo lo contrario.
Entonces la reina le entregó la carta. Al verla, se dio cuenta de inmediato que había sido sustituida
por otra. Preguntó al muchacho qué había pasado con la carta que le diera y por que había traído
una diferente.
-Yo no sé nada de eso -respondió el muchacho-. Me la debieron cambiar mientras dormía en el
bosque aquella noche.
El rey exclamó:
-Quien quiera tener a mi hija por esposa deberá traerme tres pelos de la cabeza del diablo. Si me
los traes, tuya será para siempre.
-Claro que traeré los tres pelos del diablo. Yo no tengo miedo.
Se despidió y se puso en camino. Su marcha lo condujo a una gran ciudad. Al llegar, el centinela lo
llevó al Alcalde que lo interrogó acerca de su profesión y conocimientos.
-Yo lo sé todo -dijo el muchacho.
-Entonces podrás hacernos un favor: dinos por qué la fuente de nuestra plaza del mercado, de la
que antes manaba vino, se ha secado y ahora ni siquiera da agua.
-Espera mi regreso y lo sabrás -le contestó .
Siguió caminando y pronto llegó a otra ciudad, donde el centinela le llevó también al Alcalde que le
preguntó acerca de su profesión y conocimientos.
-Yo lo sé todo -respondió el muchacho.
-Si es cierto dinos por qué un árbol de nuestra ciudad que antes daba manzanas de oro, ahora no
echa ni siquiera hojas.
-Espera a que regrese y lo sabrás.
Y llegó a un gran lago que debía atravesar. El barquero le preguntó acerca de su profesión y
conocimientos:
-Yo lo sé todo -respondió.
-Si es así, explícame por qué siempre tengo yo que ir y venir sin que nadie venga a relevarme.
-Espera mi regreso y sabrás -respondió el muchacho.
Una vez que hubo atravesado el gran lago, encontró la puerta del infierno. El interior era negro
como boca de lobo, pero el diablo no estaba en casa. Sin embargo, la abuela estaba allí sentada
en una mecedora.
-¿Qué quieres? -le preguntó
-Quisiera tres pelos de oro del diablo -contestó - de lo contrario perderé a mi esposa.
-Es difícil lo que pides. Cuando el diablo regrese va a devorarte, pero como me das pena veré si
puedo ayudarte.
Lo transformó en hormiga y le dijo:
-Escóndete entre los pliegues de mi toquilla, ahí estarás seguro.
-Muy bien -dijo el joven-, pero además quisiera saber tres cosas: por qué se ha secado una fuente
de la que manaba vino y ahora ni siquiera da agua; por qué un árbol que daba manzanas de oro
ahora ni siquiera echa hojas y por qué un barquero ha de estar siempre remando de una orilla a
otra sin que nadie vaya a relevarle.
-Esas son preguntas muy difíciles -respondió la mujer- pero quédate quieto y callado y escucha lo
que dice el diablo cuando yo le arranque los tres pelos.
Al anochecer el diablo regresó a su casa y en seguida dijo
-Olor a carne humana siento,
si no me la dan reviento -
Luego anduvo por todos los rincones buscando algo sospechoso pero no encontró nada.
La abuela le dijo:
-Te lo parecerá a ti porque siempre llevas en el olfato el olor a carne humana, aquí no hay nadie,
Venga y cena.
Después de haber comido y bebido le entró sueño y recostó su cabeza en el regazo de la abuela.
Al poco rato se durmió, lanzó unos cuantos resoplidos y roncó. Entonces la vieja cogió un pelo de
oro, lo arrancó y se lo guardó.
-¡Ay! ¿Pero qué haces? -se quejó el diablo.
-He tenido una pesadilla -dijo la vieja-. Y te he tirado de los pelos.
-¿Y qué has soñado? -preguntó el diablo.
-He visto en sueños que en la plaza de un pueblo había una fuente de la que manaba vino y de
pronto se secó y no brotaban de ella ni siquiera unas gotas de agua. ¿Cómo se explica eso?
-¡Je, je, je! ¡Si lo supieses! Bajo una piedra de la fuente se ha metido un sapo; si lo mataran, el vino
volvería a brotar.
Se volvió a recostar y se volvió a dormir y roncar profundamente.
Entonces, le arrancó el segundo pelo.
-¡Ay! ¿Qué haces? -preguntó el diablo.
-No te enfades. Ha sido otro sueño.
-¿Y qué has soñado esta vez?
-He soñado con una ciudad donde había un árbol que siempre daba manzanas de oro y al que
ahora ni siquiera le brotan hojas. ¿Cuál puede ser la causa?
-¡Je, je, je! ¡Si lo supieses! -contestó el diablo-. Un ratón está royendo sus raíces; si lo mataran,
volvería a dar manzanas de oro, pero si sigue royendo, el árbol se secará del todo. Pero déjame
en paz con tus sueños; como vuelvas a molestarme, te atizaré un soplamocos.
La vieja se esperó hasta que se durmió de nuevo y volvió a roncar. Entonces agarró el tercer pelo
de oro y lo arrancó. El diablo se puso hecho una fiera, pero ella lo calmó de nuevo, diciendo:
-¿Qué puedo hacer yo contra las pesadillas?
-¿Qué has soñado ahora, si puede saberse? -preguntó el diablo.
-He visto en sueños a un barquero que se quejaba porque nunca paraba de ir de una orilla a otra,
sin que nadie acudiera a relevarle. ¿Cómo se explica eso?
-¡Je, je, je! ¡Pobre tonto! -contestó el diablo-. Sólo ha de poner los remos en las manos del
primero que llegue para pasar a la otra orilla, entonces éste podrá atravesar el lago y él se habrá
librado.
Como la vieja ya le había arrancado los tres pelos de oro y había obtenido la respuesta a las tres
preguntas dejó en paz al diablo que durmió hasta que empezó a amanecer.
Cuando el diablo volvió a marcharse, la abuela devolvió al muchacho su figura humana.
-Aquí tienes los tres pelos -dijo-. Y lo que el diablo ha respondido a las tres preguntas, ya lo has
oído.
-Sí-dijo él- lo he oído y no lo olvidaré.
-Así que ya no falta nada. Ya puedes marcharte.
El joven agradeció a la anciana su ayuda y contento de que todo había salido tan bien, abandonó el
infierno.
Al llegar a la orilla del lago, el barquero le exigió la respuesta prometida.
-Pásame primero al otro lado -dijo el muchacho- y luego te explicaré cómo arreglar tu asunto.
Cuando llegó a la orilla opuesta, le dio el consejo que había oído del diablo:
-Cuando venga alguien y quiera pasar, dale los remos.
Siguió caminando y llegó a la ciudad donde crecía el árbol infecundo y donde el Alcalde esperaba
también la respuesta.
Y le dijo:
-Debes matar el ratón que roe su raíz; entonces el árbol volverá a dar manzanas de oro.
El Alcalde le dio las gracias y en reconocimiento le regaló dos burros cargados de oro.
Al fin llegó a la ciudad cuya fuente se había secado y allí repitió al Alcalde lo mismo que había
dicho el diablo:
-Hay un sapo bajo una piedra dentro de la fuente; búsquenlo y mátenlo, y entonces de la fuente
volverá a manar vino en abundancia.
El Alcalde le dio las gracias y también le dio otros dos burros cargados de oro.
Finalmente llegó a casa.
Su mujer se alegró mucho al verle y oír lo bien que había resultado todo.
Entonces llevó al rey los tres cabellos que le había exigido.
Cuando éste vio los cuatro burros cargados de oro, se puso muy contento y dijo:
-Has cumplido las condiciones y puedes quedarte con mi hija. Pero, dime ¿de dónde has sacado
tanto oro? ¡Es un gran tesoro!
-Tuve que cruzar un gran lago y de allí lo traigo. Se encuentra en la orilla como si fuera arena.
-¿Puedo ir a buscar yo también? -preguntó el rey con avidez.
-Por supuesto que sí -respondió el joven-. Hay un barquero junto al lago, le pides que te pase y
entonces podrás llenar los sacos que quieras en la otra orilla.
El rey marchó a toda prisa y al llegar al lago le hizo señales al barquero de que lo pasara al otro
lado.
Vino el barquero, lo hizo subir, y cuando llegaron a la orilla opuesta, dejó los remos en sus manos y
salió corriendo.
Desde entonces, el rey ha tenido que remar y remar sin descanso de un lado a otro del lago, como
castigo por su maldad.
Mientras tanto el joven afortunado y su esposa tomaron posesión del reino y el pueblo, gracias a la
buena fortuna de su nuevo rey, progresó mucho y había paz y felicidad.
Sólo una cosa empañaba esta felicidad y era la tristeza de la joven reina por el destino de su padre
pero, con el tiempo, logró convencer a su esposo para que encontrase una manera de liberarle de
su condena puesto que, a buen seguro, ya habría aprendido la lección.
El Joven rey se las ingenió para que llegara a los oídos del ladrón más peligroso del reino, que se
encontraba en las mazmorras del castillo, la noticia de cómo conseguir todo el oro que quisiera;
para lo que sólo tenía que quitarle de las manos los remos al barquero del gran lago y llegar a la
otra orilla, donde encontraría la fortuna. Luego facilitó las cosas para que, en un descuido de los
guardias, se fugara de los calabozos.
El ladrón llegó al gran lago y, encontrando al viejo rey, le quitó los remos de las manos de modo
que éste pudo salir corriendo hacia su reino donde llegó avergonzado, exhausto y sin oro pero le
compensó ver la felicidad de su hija y de su pueblo.
En cuanto al ladrón incluso ganó con el cambio ya que, en lugar de pudrirse en las oscuras y frías
mazmorras, comenzó por primera vez una vida sana al aire libre y con un saludable ejercicio físico
que lo mantuvo en forma durante muchos años.
Los jóvenes reinaron por muchos años, fueron felices y comieron perdices y a mi no me dieron
porque no quisieron.



LOS TRES PELOS DEL DIABLO
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