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ZAPATILLAS DE PAÑO
Ernesto Tubía Landeras
Valentín cruzó el umbral de la puerta de su casa que daba a la calle, y
durante unos segundos permaneció admirando el bello día con que la primavera
le obsequiaba.
El rocío vertido por el amanecer sobre el verde que rodeaba su casa levantaba
un aroma a hierba húmeda que a Valentín se le antojaba como el olor que debía
tener el paraíso.
En un pueblo pequeño como en el que vivía los días transcurrían sin demasiada
diferencia entre ellos, y el ritual matinal de Valentín consistía en un paseo
hasta la plaza, que sobre esas horas se convertía en el centro neurálgico de
la escasa población del lugar.

Avanzó su pierna derecha para iniciar su paseo, pero se detuvo observando
con detenimiento su zapatilla derecha.
Su dedo pulgar asomaba por entero a través de un orondo agujero en su
zapatilla de paño. Lo agitó levemente, y sonrió por la comicidad de la
situación.
Jamás había tenido unas zapatillas tan cómodas como esas. Y después de un
tiempo bajo él, ahora con ese prominente agujero en su extremo delantero le
mostraban que su vida toca a fin.
Los vistosos cuadros de diversos tonos azules que en su día las adornaban,
ahora se veían reducidos a unos grises que revelaban el uso desmedido al que
habían sido sometidas.
Dejando a un lado la obvia comodidad de aquel calzado, lo que mas le gustaba a
Valentín de aquellas zapatillas era su versatilidad. Eran lo suficientemente
confortables como para estar un día entero con ellas puestas en casa. Y a su
vez poseían una suela de goma con el grosor necesario para pasear por el
pueblo, y que la pisar una piedra no le infringiera un dolor excesivo en la
planta del pie.
En una gran ciudad a quien paseara por la calle con unas zapatillas de paño
probablemente le tildarían de loco. Pero en un pueblo pequeño cada uno va como
quiere, - el caso es ir cómodo – pensaba Valentín.

Aunque a pesar del evidente cariño que tenía por ellas debía empezar a
pensar en comprar unas nuevas, y a ese pensamiento se dedicó mientras
comenzaba a recorrer con lentitud el trayecto que llevaba desde su casa hasta
la plaza principal del pueblo.
Pensó en comprarse unos zapatos elegantes, con cordones de cuero y suela de
madera como los que usaban los señoritos de ciudad que visitaban el pueblo en
la época estival, para lucir los modelitos que en la gran urbe pasaban
inadvertidos.
Pensándolo mejor desecho la idea. Esos zapatos serían demasiado duros, y la
suela de madera resbalaría cuando tuviese que cruzar alguno de los jardines
con los que el alcalde estaba adornando la villa.
En una ocasión vio una película en la que un joven se calzaba unas zapatillas
y se dedicaba a correr noche y día sin parar, y eso que el mozo en cuestión no
parecía muy listo. Valentín bajó la vista hasta observar el bastón hecho con
madera de nogal que acompañaba los pasos de su pie derecho.
-¿Para qué quiero unas zapatillas que me hagan correr? – pensó
desestimando la idea de buscar aquel calzado blanco con un símbolo parecido a
una curva.

Siguió pensando y siguió desestimando.
Con sandalias se helaría al llegar el frío y con botas sudaría excesivamente
en verano. Las alpargatas de esparto eran demasiado duras para sus sensibles
pies, y las zapatillas de cuero y goma que usaban los jóvenes eran demasiado
caras, admitía con tristeza.

Coronó la última calle que precedía a la plaza, e inició el descenso de
las escaleras que daban paso a la misma. Donde con sorpresa descubrió como un
vendedor ambulante había aparcado su furgoneta en el centro de la plaza, y
exponía centenares de cajas de calzado con todas las variedades posibles.
Al concluir el descenso de las escaleras se cruzó con Jimeno, el primogénito
de su prima Isidoro, al que en el pueblo se le conocía como “El Mofeta” por el
mechón blanco que lucía su flequillo y su escaso apego al jabón.

-Felicidades Valentín – entonó con cariño – mi madre me ha dicho que ayer
fue su cumpleaños.
-Gracias – contestó cortésmente
-Noventa años, quien llegara
-No tiene demasiado mérito. Simplemente con que mañana abra los ojos al
amanecer, ya habré cumplido noventa años y dos días – finalizó sonriendo.

Jimeno le devolvió la sonrisa y ascendió raudo las escaleras, perdiéndose
de la vista del anciano.

Comenzó a caminar lentamente apoyado en su bastón hacia la furgoneta
donde varios vecinos se agolpaban revolviendo las cajas en busca de su número
de pie.

-¡Tiren sus zapatos viejos!, ¡Tiren sus zapatillas viejas! ¡Compren
calzado nuevo y de buena calidad! ¡Fuera lo viejo, viva lo nuevo! –
canturreaba el orondo vendedor mientras mas vecinos se acumulaban en derredor
de su furgoneta.

Valentín se detuvo y observó su reflejo en uno de los espejos que el
cantarín comerciante había colocado para que los posibles vendedores
contemplaran como les quedaba el calzado nuevo.
Su figura encorvada y las arrugas de su piel se alteraban notablemente gracias
a un espejo que obviamente tenía la curvatura adecuada para estilizar la
silueta de los consumidores.

-Fuera lo viejo, viva lo nuevo – pensó Valentín mientras contemplaba la
decadencia de un cuerpo que una vez fue lozano y vital.

Maldijo por dentro al vendedor. Giró sobre sí mismo y emprendió el regreso a
casa mirando de nuevo como el pulgar de su pie asomaba a través de la
zapatilla de paño.
Durante el trayecto de ida había cruzado una calle polvorienta y la uña de su
dedo presentaba un aspecto sucio y negruzco.

Le gustaban aquellas zapatillas de paño.
Le gustaba su comodidad y resistencia. Pero ante todo y sobre todo le gustaban
por que eran viejas. Tanto que el uso hacía que se hubiesen adaptado a sus
pies.
Como él se había acomodado a su vida.

-¡Viva lo viejo!, ¿Para qué quiero ya lo nuevo? – pensó.

Sonrió y siguió caminando.